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Prácticas educativas: dejemos los mitos de lado

Reflexionar sobre las prácticas educativas en ambientes de trabajo, más conocidas en otras épocas como pasantías, requiere desprenderse de un sinfín de prejuicios que nublan la posibilidad de rescatar su valor pedagógico y formativo. En el marco de la discusión por su inclusión obligatoria en la reforma de la escuela secundaria en la Ciudad de Buenos Aires, vale la pena poner en crisis algunas representaciones. No hace falta profundizar en los aspectos históricos y culturales que hacen a una posición crítica desmedida o a una defensa a ultranza. En esta oportunidad, sólo se propone abordar el mito más común en el que se embandera una de las posiciones al respecto: ¿son los jóvenes mano de obra barata para las empresas?

Sin lugar a dudas, la crítica más extendida se basa principalmente en dos premisas: la escuela y los docentes a cargo no tienen la posibilidad de realizar una correcta supervisión y direccionamiento de las prácticas; y la empresa, por definición, va a buscar explotar laboralmente a los alumnos.

En relación con la primera, es cierto que la escuela recibe múltiples demandas y no siempre puede responder satisfactoriamente a todas. Al ser la última institución social de referencia de tránsito obligatorio, recibe presiones para las que no cuenta con recursos y capacidades de respuesta adecuadas. Esto no quiere decir que no se la pueda fortalecer para lograr este objetivo. Es importante señalar que el éxito de las prácticas dependerá de la seriedad con la que se estructuren los procesos de gestión y seguimiento. Esto vale para el sistema educativo en su conjunto, pensando, por ejemplo, en un área cuya finalidad sea conseguir los más de 24 mil espacios formativos que hoy demandaría una implementación universal. Pero también para cada establecimiento educativo.

No podemos pretender que el diseño y el monitoreo de cada práctica estén sujetos a esfuerzos extraordinarios por parte de los docentes o los directivos involucrados. Es preciso estructurar un esquema administrativo y de nuevos roles para llegar a buen puerto. Por supuesto, con el consiguiente financiamiento de estas tareas. El camino está en lograr que las prácticas se transformen en parte de la vida cotidiana de la escuela secundaria.

En lo que se refiere a la actitud aparentemente explotadora por parte de la empresa: en el peor supuesto en el que exista, es sumamente complejo que pueda cristalizarlo en la práctica. De 200 horas de prácticas, ¿cuántas están destinadas a la curva de aprendizaje de las tareas? En este punto ya tendremos que aceptar que al menos un 25% de las horas no tendrán como activo principal la explotación laboral, sino efectivamente al aprendizaje. Si además de esto se ha realizado un proyecto de práctica lo suficientemente serio como para generar una rotación por distintas áreas y trabajos, la brecha de tiempo “explotable” es casi inexistente. Llegada esta instancia, se presenta otra cuestión, ¿a una empresa le resulta redituable en términos del aprovechamiento del valor hora de sus empleados la realización de prácticas y la recepción de alumnos en sus instalaciones? Desde la experiencia que tenemos en la Fundación, de ninguna manera. A esto sumemos la supervisión escolar sobre su realización y el involucramiento activo de los actores educativos. La posibilidad de que nuestros jóvenes se conviertan en mano de obra barata es realmente remota. Con todo esto no se quiere negar la existencia de situaciones en el pasado en las que pueden haberse dado desvíos del objetivo del sistema, lo que se quiere decir justamente es que son desvíos y no la norma.

En un país con más de un 40% de informalidad en la economía, en el que muchos jóvenes no tienen un solo familiar que tenga un trabajo en blanco, no estamos para desestimar iniciativas que fortalezcan el vínculo entre la escuela y el mundo del trabajo. Mejor velemos porque se implementen de la mejor manera.

La autora es directora de la Fundación Pescar.

Fuente: Infobae


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